Mi querido amigo tinto

Ayer fue noche de folklore. Un gran amigo me dice que se iba a una peña, yo lo seguí de una. Programón. Música norteña a la par de unos excelentes vinos y una especie de asaduli. Lo que tiene el folklore es que cuando uno lo escucha, su corazón se siente más argentino que nunca. Por más que te guste el rock, jazz o blues; es en el folklore donde uno dice: ésta es mi música. No hay nada más que esto. Se siente una especie de conexión con todos los argentinos, te dan ganas de calzarte un charango e irte a deambular por el país y conocer las raíces de la existencia misma.
Una vez un amigo músico que tengo me dijo que para tocar folklore del bueno, uno debía sentir las sombras de la vida asomándose al corazón; sentir uno mismo las desgracias que habían sucedido hace años a nuestros antepasados. Pero después de haber ido a la peña se me ocurrió que tal vez el folklore habla con alegría más que con tristezas. Su música nos puede comentar acerca del amor como ninguna poesía es capaz de hacerlo. Y no estoy hablando de las letras eh. Hablo de la música en sí. De las melodías armónicas subiendo sutilmente en los estribillos. Del ritmo que tenemos todos grabados en el cuerpo como si nuestros mismos corazones latieran al compás de esos golpes. Se zarpa.
Una cagada que el asado tardo como tres horas en aparecer y el vino ya había caído mal en mi estomago. Cosas que pasan.


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